español Leandro Medrano entrevista a José María de Lapuerta, arquitecto y profesor catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid – ETSAM-UPM.
como citar
Leandro Medrano .
“Entrevista a José María de Lapuerta”.
Vitruvius entrevista, ed. 17.065. 2016.
Disponível em: https://vitruvius.com.br/revistas/read/entrevista/17.065/5928
Foto Fernando Alda
José María de Lapuerta es profesor catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid – ETSAM-UPM. Es el director del programa de maestría City Science y Colective Housing, miembro del Grupo de Investigación en Vivienda Colectiva, el GIVICO de la ETSAM-UPM. Ha publicado los libros Manual de vivienda colectiva y Housing envelope frame entre otros, y también textos en revistas como Arquitectura Viva, AV Monografías.
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Lapuerta dirije el estudio DL+A que cuenta con una trayectoria de 25 años en la práctica profesional de la arquitectura, ingeniería e interiorismo, vinculados a la actividad docente e investigadora. El equipo habitual se completa con ingenierías con las que colabora habitualmente como OVE ARUP, OTEP internacional, Úrculo Ingenieros, Valladares Ingeniería, Gogaite, etc.
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Las obras del estudio han obtenido los más destacados premios y reconocimientos y han sido publicadas en revistas profesionales de prestigio: Dos obras seleccionadas en distintas Bienales de Arquitectura Española, Premios del Ayto. de Madrid, Finalistas en los premios FAD, dos premios en el concurso Europan, cabe destacar la obtención de la certificación Leed Oro para edificios sostenibles conseguida, por primera vez en España, para la Sede de Coca Cola.
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Leandro Medrano: Aparte del tema de la crisis, que en España, sabemos, guarda estrecha relación con la burbuja inmobiliaria, las experiencias arquitectónicas y urbanas producidas en las ciudades españolas, en las ultimas décadas, son impresionantes. Según datos del Banco de España, se han construido 5.822.161 viviendas entre 2001 y 2008 en decenas de nuevas áreas de urbanización. ¿Puedes identificar los avances en materia arquitectónica como una consecuencia de lo mucho que se ha construido en tan poco tiempo?
José María de Lapuerta: Yo creo que los avances arquitectónicos no han tenido nada que ver con el número de construcciones, aunque es cierto que la cifra es espectacular. Digamos que los avances arquitectónicos en materia de vivienda se han debido a que algunos promotores públicos, algunos arquitectos y algunos organismos de promoción han apostado por la calidad y la investigación en vivienda. Aunque esto se ha dado en un porcentaje no tan elevado a lo que, en principio, pudiera parecer.
LM: La gran demanda, desde el año 2000, en el mercado de la construcción, ¿ha apartado a los arquitectos de la investigación en arquitectura? ¿Cómo ves la relación de la investigación y la producción de arquitecturas en la última década?
JML: Creo, efectivamente, que cuando hay mucho que trabajar el arquitecto investiga menos. Me acuerdo de una investigación que hice una vez sobre cómo afectó a los arquitectos y a los artistas el período entre las dos guerras mundiales, cuando se quedaron sin trabajo. Realizaban, entonces, las obras y los edificios más intensos, pues tenían tiempo para reflexionar… Yo creo que ahora ocurrirá lo mismo. Las crisis tienen ese aspecto, muy positivo, que consiste en que el arquitecto vuelve a tener el reposo necesario para encerrarse en su disciplina, sin prestar atención a las tentaciones económicas del mercado, y sin el riesgo de hacer las cosas demasiado rápido. También, para los organismos públicos, son momentos en los que investigar cuesta menos que invertir. Pueden extraerse enseñanzas a partir de caminos equivocados. Y abrirse debates sobre lo sucedido y lo por suceder. Se plantean, así, nuevas vías, no sólo para el aquí y ahora, sino para el futuro. La crisis es, pues, un momento positivo para reforzar la calidad arquitectónica y repensar la vivienda en los centros históricos.
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LM: Las publicaciones oficiales del EMVS e SEVES y otras académicas, señalan los concursos de arquitectura como un importante campo de investigación de nuevas topologías de vivienda y nuevas formas de diseño urbano. Una manera de adecuar los cambios en la vida contemporánea a las tradicionales estructuras de la vivienda histórica. ¿Crees que los concursos son realmente fundamentales para la innovación en el campo de la vivienda colectiva?
JML: Sí, yo creo que son absolutamente necesarios, imprescindibles. La profesión que tenemos, vocacional por definición, ha hilado su cadena de avances en el siglo pasado, en los concursos de arquitectura, donde los arquitectos nos entregamos a reflexionar y aceptamos las reglas de juego: que el que lo haga mejor sea quien vaya a construir. Esto es una cosa insólita en el panorama laboral internacional. Una profesión que decide regalar y exponer su trabajo, exponerse al juicio, y aceptar que lo hagan mejor. Y ello, con cierta libertad respecto del mercado. Esto, en el campo de la vivienda en España, se ha dado gracias a una serie de organismos públicos, semipúblicos, y a algunos concursos, de carácter internacional, como puedan ser las ediciones de Europan. España es uno de los países de Europa en donde más se han llevado a cabo estas experiencias: viviendas hechas por arquitectos menores de cuarenta años. Viviendas hechas a partir de investigación y muchísima reflexión. La premisa del concurso es que pagar menos por un trabajo (la oferta económica) no es criterio ni motivo para adjudicar un trabajo. Se trata de ver cuál es el mejor de los trabajos, sin mezclar el asunto del pago y el de la calidad arquitectónica. El ámbito privado no va a investigar, sino a vender lo que se ha vendido antes, tanto en Brasil como en España. No arriesga su patrimonio si es una inversión muy fuerte para él. Si ninguno arriesga y cada uno repite lo que se hizo antes, podemos encontrarnos con unas viviendas que estén cincuenta años atrasadas. Esa es la postura del privado. ¿Cómo va a vender un producto que aún no se ha vendido? En cambio, el organismo público, que juega con dinero público, tiene la obligación de invertir ese dinero de otra manera. De ahí han salido numerosos proyectos de vivienda social y colectiva. Tanto para asuntos de investigación constructiva y materiales como para asuntos tipológicos. Y esto se ha dado porque se ha dejado a los arquitectos investigar y proponer, incluso con realismo, sin sobrepasar el precio de contratación. Son conocidos, a nivel internacional, los éxitos en vivienda social de arquitectos españoles en los últimos quince años.
LM: y esos proyectos que salen de los concursos, ¿son publicados y divulgados con una cierta ética, no?
JML: Sí. Esos proyectos son publicados en los medios profesionales, que tienen un interés parcial. Todos deseamos que la arquitectura y el urbanismo trasciendan los límites de lo estrictamente profesional. Que afecte a la gente, que la gente hable. En algunos casos sí ha habido participación, y la gente ha entrado en el debate sobre el tamaño de la unidad mínima; sobre determinados edificios singulares, determinadas distribuciones singulares; así como sobre modelos de gestión: si la vivienda tiene que ponerse en venta o en alquiler, con segregaciones económicas; o si tiene que haber mezcla de vivienda social y privada dentro del mismo sector. A los organismos públicos que han seguido esa línea de los concursos, buscando calidad les ha salido bien la jugada, lo que ha supuesto un prestigio a nivel nacional, e internacional. No sé si eso puede animar a que otra gente haga lo mismo, pero les ha salido bien.
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LM: Sin embargo, los concursos son, en todo el mundo, objeto de crítica, pues se da un trabajo colectivo tremendo y sólo hay un arquitecto vencedor. Y para que esto no suceda tan a menudo, están haciendo algunos experimentos para diversificar las categorías: concursos para jóvenes, etc. ¿Puedes hablar un poco sobre esto?
JML: Yo tengo una experiencia de eso. Hace ocho años, cuando estábamos dirigiendo el Colegio de Arquitectos de Madrid. Mi propuesta consistió en multiplicar por diez el número de concursos en la Comunidad de Madrid. Lo conseguimos, y lo hicimos demostrando varias cosas: primera, que hacer concursos no entorpecía los procesos; y segunda, que si se hacían muchos, y los propios arquitectos colaborábamos en ello, la sensación de frustración no se iba a dar. En aquellos años había concursos de veinte, veinticinco equipos, algo asumible por el mundo profesional. Pedíamos menos cantidad de dibujos, el tamaño de estos se redujo… eran concursos de ideas. Y realmente, el número de gente que se presentó no fue escandaloso ni insultante para la profesión. En estos momentos ha cambiado ese asunto. La semana que viene seré jurado en un concurso de la Empresa Municipal de la Vivienda al que se presentan doscientos ochenta y cinco arquitectos para hacer cien viviendas con un criterio de hábitat sostenible. Ese número es una barbaridad. Si la sociedad entiende que la ciudad es algo suyo, algo sobre lo que hablar a diario, entonces se entenderá que la labor de los arquitectos es generosa y se harán concursos para todos. Podrían hacerse concursos para una pequeña plaza, para colocar un mobiliario urbano, para una señalización, para un gran edificio, para un pequeño edificio, etc. Entonces, tenderíamos, realmente, hacia modelo francés, según el cual, en los concursos sólo hay cinco equipos para los grandes, los pequeños y los medianos. Y en donde a los cinco equipos seleccionados se les pagan los gastos. Yo creo que cualquier Estado puede asumir ese gasto. No sale más caro y dignificas la profesión. A partir de ahí, que haya jurados con garantía, jurados que pueden equivocarse, pero dentro de un debate intelectual, gente de prestigio. Y concursos anónimos donde se valore la idea y se separe la oferta económica de la calidad arquitectónica de la propuesta.
LM: muchos órganos públicos dicen que los concursos son lentos y costosos. Parece que tú has creado una metodologia para hacer concursos de una manera más rápida…
JML: sí, en su momento, empleamos muchísima energía en pensar en ello. Me rodeé de un equipo, entre quienes estaba Jose María García del Monte, un arquitecto joven, al que no le importó estudiar, durante semanas, todas las leyes que existían en España en aquel momento, sobre contratos del Estado. Nos rodeamos, además, de un equipo de abogados, y estudiamos la legislación española sobre el tema de contratación, para ver qué se podía hacer con la ley en la mano. De ahí, salió un libro que se llamó “El libro blanco de concursos”, que regalamos a todos los Colegios de Arquitectos de todas las provincias de España, pues fue una tirada grande, de veinte mil ejemplares. Este libro incorporaba un CD Rom que gestionaba, inmediatamente, bases de concursos. Acotaba y analizaba la legislación para poder hacer concursos sencillos y rápidos. Hicimos, además, una oficina de concursos, que funciona todavía, en el Colegio de Arquitectos. A cualquier organismo privado o público nosotros le organizábamos el concurso. Y podía empezar a construirse en un período de tres o cuatro meses desde que empezaba el concurso. Se sacaban y difundían las bases, se daba un plazo y se convocaba un jurado. Sus miembros iban rotando, por sorteo, y eran elegidos por gente de prestigio, por la propia profesión. Teníamos un local, cerca del Colegio de Arquitectos. También se podía saber el coste económico del proyecto futuro, de modo que el privado tenía el mejor proyecto, a un coste muy bajo y en plazo cierto. Frente a esto, están las escusas del perezoso y, a veces, del corrupto. Pareciera que todo esto es muy complicado, pero más complicado es que yo adjudique algo a un amigo, o trabajar con baja calidad, lo cual acaba saliendo más caro. Lo que hace falta es energía y ganas para decir que con dinero público se puede invertir en lo mejor, de una manera transparente.
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Leandro Medrano: Se han publicado algunas criticas a la escasa innovación tipológica y tecnológica en la producción de viviendas en España en las últimas décadas. Algunos autores, como Antonio Miranda, hablan, incluso, de la imposibilidad de una adecuada y completa actuación en el campo de la vivienda, sin la transformación de nuestro modelo de sociedad. O sea, si la vivienda y la ciudad son mercancías, las posibilidades de la arquitectura son mínimas. (Una critica marxista a la línea de Tafuri de los 1960…, que siegue a Adorno etc.). ¿Cómo ves la actuación del arquitecto en estos momentos de crisis y cambio de modelo económico? ¿Será posible mantener la calidad de las viviendas sociales sin el “Estado de bienestar” europeo?
José María de Lapuerta: El lunes empezaba el curso de mi cátedra de proyectos. Tenía que lanzar un mensaje, inevitablemente, optimista a unos alumnos que empezaban sus estudios. Ellos los empiezan sabiendo que no les va a tocar esta crisis, pues terminarán la carrera alrededor del año 2018, y en 2018 o no existe esta crisis o la crisis es otra. Quería hacerles saber que su campo de trabajo nunca ha sido tan interesante, amplio, y apasionante; que nunca ha tenido tantas posibilidades. Mientras el arquitecto hace unos años hacía edificios, ahora, además de vivienda, hace interiores, paisaje; trabaja con los nuevos modelos de energía; y con el factor del desplazamiento demográfico: tenemos treinta y cinco millones de desplazados en el mundo, los cuales se mantienen desplazados durante una media de siete años. Por tanto, entra en juego todo lo que tiene que ver con la actividad humana, con lo que el hombre hace. Nada de lo que la actividad humana hace le es ajeno a la arquitectura. Y todo eso va a nutrir el campo de trabajo del arquitecto. Es cierto que Holanda, por ejemplo, tiene una tradición en la que el debate sobre la ciudad es absolutamente común entre la gente no arquitecta. Un debate de la sociedad civil. Allí, se ha hecho, en ocasiones, una vivienda menos experimental y más repetitiva, pero hay unas propuestas urbanas sólidas sobre las que muchas personas opinan. Creo que en España el Estado de bienestar no implica un empeoramiento de la calidad de la vivienda, pero sí nos obliga a reflexionar profundamente sobre lo que ya tenemos y sobre cómo actualizarlo. Esa reflexión del arquitecto sobre lo existente implica una vuelta a los orígenes de la profesión, en tanto que profesión de servicio. Una profesión en la que ha de haber espesor intelectual de cara a hacer las mejores preguntas y ver cosas que otros no han visto para, así, devolverlas a la sociedad.
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LM: Hay otras críticas que apuntan hacia la falta de innovación de las soluciones de plantas en relación a los cambios en las estructuras familiares. Dichas críticas, siguen la corriente que viene de los 90 y proponen cambios en la organización interna de la vivienda para adecuarla a las nuevas formas de agrupamientos sociales de la actualidad y a las nuevas tecnologías de comunicación e información (TICs). ¿Cómo ve la evolución de este debate en las últimas décadas?
JML: Efectivamente el debate es conocido por todos. La vivienda ha evolucionado menos que la oficina, pues sigue tipologías de hace veinte o treinta años, y no incorpora asuntos que sí han incorporado los usos terciarios: industriales, oficinas. En esto estamos todos de acuerdo. Tú puedes alquilar cuarenta metros de oficina y si necesitas setenta el año que viene, subes a setenta. Luego a ciento veinte. Luego reduces a cuarenta, prácticamente, en el mismo edificio, con aseos desubicados, con fachadas y pieles muy ricas, que en vivienda no existen… Ello se debe, en gran parte, a lo conservador que es el promotor, que quiere vender lo mismo, basándose en criterios antiguos y estúpidos. Pero también a que el comprador es conservador. Es la mayor inversión de su vida, y quiere comprar algo que pueda poner, fácilmente, en el mercado, y, así, cambiarlo por la inversión económica que hizo. Él quiere comprar un bien que se pueda cambiar en la bolsa de cambio cada día, y que sea igual al bien que está ahora mismo vendiendo. Cuando promotor y comprador están de acuerdo acerca de estos criterios antiguos, el asunto es complicado. El arquitecto ha de tener esa visión clarividente y mostrar las cosas que son viables. Y tiene que hacerlo de la mano de los poderes públicos y de los industriales. Es una labor difícil, porque está trabajando sobre un terreno conservador. En chino, el ideograma que representa la palabra vivienda, significa “cobijo”, “habitar”. Es algo femenino. Sólo los más jóvenes y los más veteranos son capaces de apostar por un cambio en la forma de vivir. En ese sentido, sí caben más experimentos y más debate. Adecuar la vivienda tipológica a lo que ahora se necesita. El arquitecto tiene que proponer esas cosas. Cuando antes hablaba de trabajar sobre lo existente es porque es posible. Por ejemplo, proponer viviendas para padres divorciados, comprando dos pisos y entrando por dos sitios diferentes; dividir los pisos grandes antiguos en siete pisos para estudiantes, con vistas a que sea más rentable. Todo eso lo debe abordar el arquitecto de la mano de promotores, industriales y poderes públicos.
LM: Y en relación al Diseño Urbano.¿Crees en la necesidad de cambios o en la permanencia de lo tradicional?
JML: Creo que hay que hacer cambios. La ciudad europea de gran densidad es un buen modelo de vivienda, en cuanto a cómo esa densidad va a usar el espacio público. Pero en cuanto a lo urbano, en general, creo que hay que hacer cambios. Al arquitecto se le llena la retina con imágenes de otras ciudades, gracias a un mundo que nos permite ir de Venecia, a Marrakech, o a San Paulo en un corto espacio de tiempo. A la retina nos vienen imágenes de ciudades fantásticas: esa plaza de Marrakech al atardecer, las callejuelas de una ciudad europea, la manera de llegar a Venecia, lo que hemos visto en Holanda o en San Paulo… Traer a tu ciudad trozos de otras ciudades soñadas y proponer en espacio público novedoso y arriesgado. Yo creo que esto es bueno. Por contra, el mal arquitecto, unido al mal político, tolera hasta límites que producen sonrojo. Claro que hay que rescatar las cinco calles más bonitas de una ciudad del siglo XII. Pero el mejor arquitecto es aquel que provoca diálogos entre ciudades soñadas, entre la ciudad que fue y la que será. Cuanta más envergadura y más riqueza, menos morirán las ciudades y más vida tendrán.
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LM: Los principales ejemplos de urbanización y diseño urbano, en España, fueron hechos con la supervisión de organismos estatales fuertes, como la EMVS, SEVES etc. ¿Crees que es posible mantener la calidad en este nuevo modelo liberal que parece adoptar Europa tras la crisis de 2008?
JML: Creo que sí. Una de las funciones del arquitecto es que, poco a poco, en Brasil, en España, etc., se entienda que la ciudad es algo de todos. De igual modo que la gente tiene conciencia de que la sanidad debe ser algo público, universal y gratuito. Hay, pues, que intentar que el espacio en que se vive sea un objeto de interés y debate para todos. Cuando ese momento llegue, el modelo liberal no tendrá lugar. Pues si la ciudad es algo que uno ama, si uno sabe en qué tipo de ciudad es más feliz, si se entiende que la ciudad es un bien público, entonces el modelo liberal no tendrá nada que hacer. Podrá maniobrar en su pequeña parcela, cuando le dejen hacer el extrarradio. Pero si el habitante ha reflexionado sobre la ciudad y sobre el espacio público también le exigirá ese debate. De manera que lo más urgente es abrir los ojos, esclarecer. Dejar claro que la arquitectura es un asunto que tiene que ver con la felicidad y la sociabilidad. Que las proporciones, la densidad, el lugar donde se sitúan los comercios dan felicidad. Si ese debate se hace público y cotidiano, se acaba el peligro liberal, pues la gente va a buscar esa felicidad. Si el ser humano entiende que puede tener derecho a un espacio público donde salir y encontrarse con sus amigos; que puede tener derecho a unas estructuras, a una manera de comprar, a una manera de entender la actividad cultural, a una manera de pasear, o de pagar menos energía…, entonces sí, la calidad de la arquitectura en España no correrá peligro.
LM: ¿Cuáles crees que son los principias desafíos para los arquitectos en relación a vivienda colectiva en el mundo contemporáneo?
JML: Hay dos cuestiones. La primera consiste en que el arquitecto es hoy, definitivamente, un arquitecto global, como muchas otras profesiones. Por tanto, se eliminan trabas para poder debatir. Gracias a la tecnología, que nos permite estar en cualquier parte del mundo, trabajando en equipos multidisciplinares, con personas de veinte nacionalidades distintas, la red, esa red que ya funciona en muchos lugares de América, será cada vez más amplia. Este es un asunto muy importante. En segundo lugar, el arquitecto se debe a una profesión que no se acaba nunca, como el París de Hemingway. Pues ha de trabajar con una materia tan amplia y versátil como la actividad humana. Debe rodearse de otros profesionales y emprender, con la misma intensidad, la ciudad, o la vivienda; el mueble o el dormitorio. Ha de ser consciente de su responsabilidad, una responsabilidad casi política, ante la sociedad. Su profesión toca y abarca todos los momentos de la vida del hombre en un mundo global. No es, sin embargo, deseable ese arquitecto, colocado de puntillas, que cae fácilmente cuando lo empujas, pero que se aprovecha de que los bolsillos de los políticos. Esa es la arquitectura de lo no responsable, del despilfarro. La vuelta al hábitat y a la vida participativa en la arquitectura (que la gente participe más en esa arquitectura); ahí veo yo el futuro de las generaciones jóvenes que están empezando ahora y cuyo interés por el mundo y la sociedad es distinto del interés que ha movido a generaciones anteriores. Soñando ciudades, tendiendo una mirada más educada, cultivada y capaz de detectar cosas que otros no han visto. Mirando ciudades como San Paulo o Madrid con la mirada de alguien limpio, con esa capacidad de ser extranjero y de detectar los problemas sin prejuicios. Ese arquitecto, cuyo mundo es tan amplio, va a ser, seguro, útil a la sociedad.
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José María de Lapuerta Montoya
Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (1983) y Doctor Arquitecto en 1996 con la Tesis Doctoral "Scintilla Divinitatis" – el croquis como herramienta proyectual en la arquitectura española. En 1990 inicia su actividad docente como Profesor Asociado en el Departamento de Proyectos de la ETSAM y en 1997 tornase Profesor Titular de Proyectos y Tutor de Proyecto Fin de Carrera. Desde 2002 dirige y coordina los Cursos de Doctorado del conjunto Cono Sur de Hispanoamérica, dentro del convenio de cooperación entre la Universidad de la República de Uruguay y la Universidad Politécnica de Madrid. Desde 2006 es subdirector del DPA de la ETSAM. Es autor de Arquitectura de Interiores – proyectos de Interior (1999), Manual de vivienda colectiva (Actar, 2007), Casas de maestros (AV Monografías, 2009) y diversos otros libros.
Leandro Medrano
Profesor Asociado de la Faculdade de Arquitetura e Urbanismo da Universidade de São Paulo – FAU USP.
Trancripción
Irene Brea Azcona
Agradecimiento
A la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo – Fapesp.
Local y fecha de la entrevista
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, en febrero de 2012.